Nunca imaginé que el norte de México pudiera ofrecer un paisaje tan vasto y conmovedor. Viajamos en familia —mi esposo, nuestros dos hijos adolescentes y yo— buscando desconectar del ruido de la ciudad y reconectar entre nosotros. Elegimos las Barrancas del Cobre, en Chihuahua, por recomendación de una amiga que nos juró que el Chepe Express era más que un tren: era una experiencia.
Partimos desde Creel, un pueblo mágico que parece detenido en el tiempo. Las calles tranquilas, los murales coloridos y la calidez de su gente nos dieron la bienvenida. Desde ahí, tomamos el tren Chepe Express rumbo a Divisadero. El trayecto fue como ver una película en movimiento: cañones profundos, bosques de pino, y cielos que parecían pintados. Mis hijos, que suelen estar pegados al móvil, se quedaron sin palabras.
En Divisadero visitamos el Parque de Aventura Barrancas del Cobre. Yo, que no soy muy amiga de las alturas, me atreví a subir al teleférico. Desde ahí, las barrancas se abrían como un libro de geografía en 3D. Mi esposo y los chicos se lanzaron en la tirolesa ZipRider, y aunque gritaron como locos, bajaron con sonrisas que no les cabían en la cara.
Uno de los momentos más memorables fue la visita a la Cascada de Basaseachi. Caminamos hasta el mirador “La Ventana” y nos quedamos en silencio. La caída del agua, el eco entre las rocas, el verde que nos rodeaba… todo parecía diseñado para recordarnos lo pequeños que somos frente a la naturaleza. También conocimos la Cascada de Piedra Volada, aún más alta, aunque más difícil de ver en época seca.
En Creel exploramos el Lago de Arareco y los Valles de los Monjes y los Hongos. Mis hijos se divirtieron inventando historias sobre las formaciones rocosas, mientras nosotros simplemente respirábamos profundo. La cultura Rarámuri está presente en cada rincón, y tuvimos la suerte de conversar con una artesana que nos habló de su comunidad y su resistencia.
Comimos delicioso: burritos de machaca, queso menonita, y café de olla que sabía a hogar. Cada noche, nos dormíamos temprano, agotados pero felices.
Volvimos distintos. No sé si fue el aire puro, las caminatas, o el hecho de estar juntos sin distracciones. Pero algo cambió. Y mientras escribo esto desde casa, miro las fotos y siento que ese viaje nos dio justo lo que necesitábamos.